No solo los mejores del mundo, sino los mejores PARA el mundo

El Dr. Miguel Ángel Santos Guerra envió una emotiva carta a la comunidad de la UNViMe, destacando la valentía de la institución al ampliar su carrera de Medicina y reflexionando sobre el verdadero sentido de educar en tiempos de crisis.

A continuación, el texto:

CARTA A LOS DOCENTES Y A LAS DOCENTES DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL DE VILLAMERCEDES SAN LUIS ARGENTINA

Sé que vuestra Universidad (que también considero mía) ha decidido duplicar el número de plazas para el Grado de Medicina. Una medida valiente en un momento en el que tomar esta decisión significa ir contracorriente. Es más fácil dejarse arrastrar, dejarse llevar por la corriente. No debemos olvidar que la corriente solo arrastra a los peces muertos. De ahí mi felicitación.

El gobierno de una institución educativa de carácter público requiere valentía y prudencia. En una cultura que promueve la privatización de bienes y servicios es preciso proteger lo que es de todos y de todas, para todos y para todas. El buen gobierno impulsa al crecimiento, al desarrollo y a la calidad. La palabra autoridad proviene del verbo latino auctor, augere que significa hacer crecer.

Me imagino algunas veces a las Universidades como barcos en alta mar, con la tripulación extenuada trabajando en las máquinas, en las cocinas, en la limpieza, en el mantenimiento. Pero, si alguien preguntase hacia dónde va el barco, algunas veces, desde el último grumete hasta el capitán tendrían que decir si fueran sinceros:

– No lo sabemos. Estamos muy ocupados.

¿Y si el barco está dando vueltas en círculos concéntricos? ¿Y si navega sin rumbo? ¿Y si si se dirige hacia el abismo o hacia un iceberg que puede romper el casco? Pues bien, no hay viento favorable para un barco que va a la deriva. Dicho de manera más lapidaria: no hay nada más estúpido que lanzarse con la mayor eficacia en la dirección equivocada.

Si todo el conocimiento que se adquiere en la Universidad sirviera para dominar, explotar y engañar mejor al prójimo, más nos valdría cerrarlas porque lo que estaríamos consiguiendo es hacer más sofisticada la ley de la selva. Cuando el más fuerte físicamente dominaba al más débil, algunos podían sobrevivir por su inteligencia o su ingenio. Pero cuando, además, el que más sabe utiliza el conocimiento para engañar, pocos pueden sobrevivir en ella.

No olvidemos que fueron médicos muy bien preparados, ingenieros muy bien formados y enfermeras muy capacitadas en su oficio, los profesionales que construyeron las cámaras de exterminio en la Segunda Guerra mundial. ¿Sabían mucho? Sí. Sabían muchísimo. Se han hecho estudios sobre lo bien que ventilaban los hornos crematorios. Pero, ¿qué pensaron las víctimas? Maldito el día que fueron a esa Universidad y doblemente maldito el día que les evaluaron y les felicitaron por lo que habían aprendido.

Hace años, la chilena Universidad Mayor, con sede en Santiago y en Temuco me llamó para participar en un proyecto que se denominaba BUEN PROFESIONAL/PROFESIONAL BUENO (BP/PB). Me decía el Rector que allí querían formar buenos ingenieros (competentes, bien preparados) pero que también querían formar ingenieros buenos (buenas personas, individuos con valores). Si lo hubieran hecho así en todas las universidades en todas y cada una de especialidades, no hubieran existido las cámaras de exterminio.

Theodor Adorno dice que el fin principal de la escuela es conseguir que no se repita Auschwitz. Pero lo acabamos de ver repetido. Repetido y agrandado. Escuché hace algunos meses unas impresionantes declaraciones de la antropóloga y filósofa argentina Rita Segato, una persona comprometida con el feminismo y con la mejora de la sociedad. En una entrevista que le hace el periodista John Mckerman dice literalmente lo siguiente: «Me defino como exhumana porque no quiero pertenecer a esta especie siniestra y genocida. Me doy cuenta de que después de Gaza me resulta muy difícil tener optimismo con relación a nuestra especie. No puedo mentir».

El periodista le recuerda que ha habido otros casos de genocidio en la historia, que Gaza no es el primero. Y ella dice: «Hay una especificidad en Gaza. Hay una diferencia en Gaza. En el holocausto nazi, cuando los ejércitos de los aliados entran en los campos de concentración se ve en los videos de las filmaciones la sorpresa. No era algo expuesto a la humanidad. Se sabía pero estaba oculto. Ahora no. Ahora está mostrado al mundo. Y lo que se muestra, como dice Francesca Albanese, la gran reportera sobre Gaza para la ONU, es el último clavo en el ataúd de la Carta de Derechos Humanos. Es un pasito adelante. Es una nueva carta. Es la Carta de que la ley es el poder de la muerte».

¿Qué personas queremos formar en la Universidad Nacional de Villamercedes? ¿Cómo queréis que sean los profesionales que salgan de las aulas? En el frontis de una Universidad de la ciudad de Guadalajara vi escrito un lema que me gustaría que tuvieran todas las Universidades del mundo: AQUÍ TENEMOS QUE FORMAR NO A LOS MEJORES DEL MUNDO SINO A LOS MEJORES PARA EL MUNDO.

Se trata de un proyecto de Universidad, no de un conjunto de clases particulares yuxtapuestas. Eso exige pensar colegiadamente. Afortunadamente tenéis un Rector preocupado por lo importante, especialista en docencia universitaria, capaz de coordinar y de liderar un proyecto desafiante. Eso exige compromiso y coherencia. Si queremos formar profesionales competentes, críticos, solidarios, tendremos que hacer lo necesario para conseguirlo. Pero, hay más, después habrá que preguntarse si se está consiguiendo lo pretendido. Y, aun más, si no se está consiguiendo habrá que preguntarse qué se puede mejorar en la institución y no atribuir el fracaso en su totalidad a la incompetencia, pereza y escasa valía de los alumnos y de las alumnas.

Hay que empoderar a los alumnos y a las alumnas. El verbo aprender como el verbo amar no se pueden conjugar en imperativo. Para que haya aprendizajes significativos y relevantes es preciso que el conocimiento tenga una lógica interna, una lógica externa que permita encajar el nuevo conocimiento con lo que ya sabe el estudiante y, sobre todo, hace falta una disposición emocional hacia el aprendizaje. Solo aprende el que quiere. Dice Emilio Lledó que la profesión docente gana autoridad por el amor a lo que se enseña y el amor a los que se enseña.

Me preocupan muchas cosas de las que están ocurriendo en el mundo. En la primera elección del presidente Donald Trump, el Director del periódico La Opinión de Málaga, en el que escribo todos los sábados desde hace veinte años, me pidió un artículo sobre las elecciones. Lo titulé así: El problema no es Donald Trump. Decía en el texto que el problema no era que se presentase a las elecciones una persona con la catadura moral de ese candidato sino que hubiese sido elegido por tantos millones de personas. Y me hacía luego otra pregunta inquietante: ¿a qué escuela fueron sus votantes? ¿Qué aprendieron en ella? ¿Aprendieron a pensar?¿Aprendieron a convivir? Importante interpelación. Me lo pregunto de esta otra manera: Si los grandes triunfadores del sistema educativo, que son quienes gobiernan los pueblos, no son afrontan el problema del hambre, de la desigualdad y de la injusticia en el mundo; si declaran guerras injustas que destruyen vidas impunemente, ¿por qué hablamos de éxito del sistema educativo?

Aprovecho la ocasión para animaros a desempeñar la tarea docente y educativa con pasión y compromiso. Enseñar no es solo una forma de ganarse la vida; es, sobre todo, una forma de ganar la vida de los otros.

Escribo desde hace muchos años en la estupenda revista portuguesa A Página da Educaçâo. Esa revista lleva algunos años trabajando para que la UNESCO declare la relación Profesor-Alumno Patrimonio Común de la Humanidad. He apoyado de forma entusiasta la iniciativa porque pienso que la historia de la humanidad es una larga carrera entre la educación y la catástrofe.

Sé que el contexto en el que hoy se encuentran las Universidades argentinas es muy adverso. Creo que hoy toca ser contrahegemónicos. La cultura neoliberal contradice los presupuestos esenciales de la educación: individualismo, competitividad, relativismo moral, obsesión por los resultados, olvido de los desfavorecidos, capitalismo salvaje, reificación del conocimiento, imperio de las leyes del mercado, privatización de bienes y servicios, hipertrofia de la imagen… Por otra parte, la cultura digital, ofrece información rápida y abundante pero sin la garantía de que esa información no esté adulterada por intereses políticos, religiosos o económicos. Las redes propician comunicaciones fáciles pero se producen bajo máscaras, ya que no sabemos a ciencia cierta quién es el interlocutor. Es indudable el poder de la IA generativa y de ChatGPT, pero se necesita que pongamos sobre el tapete las indispensables exigencias éticas para que se conviertan en un a ayuda y no en una trampa.

Hay dificultades de otro tipo que os afectan especialmente a los docentes argentinos. Por lo que sé, las condiciones laborales necesitan una decidida y decisiva mejora. Sé, por ejemplo, que los salarios son los peores de toda Latinoamérica. Resulta intolerable que el discurso sobre la importancia de la tarea educativa sea halagador y las condiciones laborables sean indecentes.

De todos modos yo quiero enviaros en mensaje de optimismo. Porque esta tarea que traéis entre manos es intrínsecamente optimista ya que parte del presupuesto de que el ser humano puede aprender, puede mejorar. La educabilidad se rompe cuando pensamos que el otro no puede aprender y que nosotros no podemos ayudarle a conseguirlo. Es tan consustancial el optimismo a la enseñanza como mojarse para el que va a nadar. Sin optimismo podemos ser buenos domadores pero no buenos educadores.

Una cosa más. No hay señal más clara de inteligencia que desarrollar la capacidad de ser felices y de ser buenas personas. Eso me lleva a invitaros a disfrutar de la profesión, no a padecerla. Os contaré una historia que muestra con claridad lo que quiero deciros.

Cuando se estaba construyendo la catedral de Chartres pasó un viandante por las obras y le preguntó a uno de los que estaban trabajando:

– Hola, buenos días. ¿Qué está haciendo usted?

– Ya lo ve. Estoy levantando esta horrible piedra, con un calor insoportable. Estoy sudando, se me pegan las moscas. Es horrible.

– Lamento que su trabajo sea tan duro, señor. Camina unos metros y le pregunta a otro trabajador.

– Hola, señor. ¿Me puede decir qué está haciendo? Levantando una piedra tras otra. Estoy levantado una pared. Hace un poco de calor.

– Bueno, señor, que sea leve su trabajo. Buena suerte.

Camina de nuevo por las obras y le hace la misma pregunta a un tercer trabajador.

– Hola, señor, buenos días. ¿Puedo saber qué está haciendo usted?

Este tercer trabajador le dice con entusiasmo, alegría y orgullo:

– Yo estoy construyendo una catedral.

Los tres están haciendo lo mismo. Uno está maldiciendo la tarea. Otro la está soportando y el tercero la está disfrutando.

Todos lo habréis visto en la práctica. Hay quienes, a medida que pasan los años en la docencia se van haciendo más humildes, más sabios, más comprometidos, más optimistas y, en definitiva, más felices. Trabajando en el mismo lugar, con las mismas condiciones laborales y económicas, otros se van haciendo más orgullosos, más torpes, más pesimistas y, en definitiva más desgraciados.

Tened en cuenta que esto que traéis entre manos no es un ensayo general. Esto es la vida. Y la vida es un a obra de teatro que no admite ensayos.

Os envío a cada uno, a cada una, un enorme abrazo lleno de admiración, gratitud y afecto.

Miguel Ángel Santos Guerra

Catedrático Emérito de la Universidad de Málaga.

Doctor Honoris Causa por la Universidad Nacional de Villamercedes.

Doctor Honoris Causa de la Universidad de Oviedo

8 de marzo de 2026


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